Un rayo de sol que cambia el paisaje

un arcoíris que ilumina el paisaje

Autor: Sharonjoy17

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Despedida

Hace unos meses volví a este blog y le di forma, y empecé a publicar muy contenta. Resulto una experiencia intensa, un reto de esos que tanto me gustan aunque desde el primer momento se hizo patente que esta plataforma era un inconveniente para las personas con las que me he relacionado durante años en blogger. Aún así insistí, le había dedicado mucho tiempo y me daba pena renunciar al nuevo proyecto.
Sin embargo, finalmente he vuelto a mi blog de siempre y éste se ha quedado dormido hasta que se me ocurra algo que le devuelva a la vida. Todo se andará y ya encontraré la forma de hacer con él algo interesante. No es una despedida definitiva, que va, solo un hasta luego!!

El inconformismo de los años 60

La rebeldía es típica de una franja de edad concreta o de un tipo de personalidad generalmente minoritaria pero curiosamente en los años sesenta se extendió como un virus a personas de distintas edades y perfil.

En buena parte del mundo occidental fueron años marcados por la necesidad de experimentar, de cuestionar a la autoridad, de exaltada creatividad y de una búsqueda del sentido de la vida. Se caracterizó también por el abuso de las drogas, proliferación de comunas… como si las sociedades más acomodadas se hubiesen alborotado de repente y necesitasen con urgencia un cambio. En su mejor versión supuso una toma de conciencia antibelicista como no hubo otra. La lucha social se orientó hacia la defensa de la libertad de expresión, derechos civiles como la igualdad entre sexos y razas, así como una mirada respetuosa hacia el medio ambiente.

La música que surgió en esos años reflejaba bien ese bullir social. Los Beatles arrasaron con su música inconformista que nada tenía que ver con sus antecesores. Canciones como Twist and Shout y el concierto del Shea Stadium (1966) que batió todos los récords, pasarán a la historia por la locura que desataron.


Los Rolling Stones con la emblemática Satisfaction también habían decidido sumarse al tirón musical del inconformismo imperante.


El verano del amor (1967) en San Francisco inauguró los festivales de rock al aire libre y fue un auténtico desafío a la autoridad y a los convencionalismos, para muchos asociado  al comienzo del movimiento hippi.


Y una última muestra de la música reivindicativa de esos años que no tiene nada que ver con lo anterior es Sam Cooke que en A change is gonna come nos habla de una realidad estremecedora que cuesta digerir pero sucedió.


Algunos países se vieron más afectados que otros por los aires revolucionarios. Cabe destacar la rebeldía desatada en Francia en los acontecimientos de mayo y junio del 68. Un pulso al autoritarismo de las instituciones que comenzó con los universitarios de Nanterre y continuó con una huelga general que fue secundada por más de nueve millones de obreros, algo extraordinario. Aunque no llego a tener el éxito que se pretendía, las ansias de mejorar el mundo reivindicando derechos y libertades personales fue un precedente histórico para posteriores protestas sobre cuestionamientos morales y los principios que rigen la sociedad.


En la Alemania de los años 60 también hubo intentos de revolucionar el orden social establecido y reivindicar el amor libre. Comuna 1 fue la forma que eligieron un grupo de personas para rebelarse contra la familia y una sociedad muy conservadora que no había superado la debacle del nacismo, desapareció con el cambio de década.

Y seguramente queda mucho sin decir sobre todo lo que se movió en aquellos años pero éste es mi resumen personal, se podría ampliar el tema a través de los comentarios si alguien desea añadir más datos.
 
****** Me he dado cuenta de que debería haber incluido a Steve Biko en esta entrada dedicada al inconformismo. Rebelde pacífico que dejó su huella a pesar de haber sido asesinado. En bbc.com se hace un análisis de su trayectoria bastante detallado, poniendo en google u otro buscador «Quién es Steve Biko, el líder que luchó contra el apartheid con el arma más potente: la autoestima» se llega a esta información. 

 

 

Lucas

imagen de un paisaje de flores en el bosque
autora Larisa-K https://pixabay.com/es/users/larisa-k-1107275


Hacía tiempo que deseaba hacer esa ruta, tenía que acercarme en coche a un lugar llamado Paredes, cerca de Oviedo, y desde allí comenzaría la subida a un alto de bellos parajes, según me habían dicho y pude confirmar en la información que vi en la red.

El ascenso era continuo pero moderado y bastante solitario, con mucho bosque pues era una zona un tanto despoblada. Hacía calor y aunque había partido con bastante de agua, a las dos horas de caminata me empecé a inquietar pues según las referencias que tenía ya tendría que haber visto una fuente pero hasta el momento no había rastro de ella. Empecé a considerar que lo más prudente era dar la vuelta ya que aún me quedaban otras dos horas al menos para coronar y me había bebido ya más de la mitad del agua. Dándole vueltas al asunto me encontré a un lado de la senda un grueso tronco de árbol que era el asiento perfecto para descansar.  Me senté, era una atalaya estupenda en la que el paisaje te llenaba la mirada.  
Reflexioné, el hecho de encontrarme ese tronco en ese lugar podía indicar que hubiera un pueblo cerca. A mi derecha partía un sendero y tras comprobar que tenía cobertura para hacer llamadas, decidí salirme de la ruta para explorarlo. Enseguida vi unos muros de piedra y una gran casa prácticamente derruida que tenía que haber sido realmente bonita en su día, mantenía parte de su corredor de madera y conservaba restos de una balaustrada tallada con motivos vegetales, algo nada habitual. Sin duda estaba llegando a un pueblo pues a continuación vi dos casas más, también en ruinas, y un poco más lejos asomaban otras dos pero al acercarme pude comprobar frustrada que aunque su estado no era tan ruinoso como las otras, parecían abandonadas. Se veía una última casa al fondo y pensando en dar media vuelta, vi con estupor que de su chimenea salía humo. Me acerqué a la puerta y me quede parada frente a ella, sentía curiosidad por saber quien podía vivir allí pero no me atrevía a golpear con los nudillos la tosca madera. Para mi sorpresa, la puerta se abrió de repente y un individuo de ojos penetrantes posó su vista en mí con gesto entre sorprendido y divertido, supongo que por mi cara de susto.

Apurada, intente explicarme lo mejor que pude pero me salió una riada de palabras que no tenían mucho sentido. El hombre soltó una carcajada y me dijo que me tranquilizara, que ni él desconfiaba de mi, ni yo tenía motivos para inquietarme. Se presentó, Lucas era su nombre, y me invito a entrar en la casa. Dudé, pero me encontraba en un lugar tan apartado que dentro o fuera, si corría algún peligro la suerte estaba echada así que entré tras él. Accedí a una cocina de buen tamaño y con un gran horno de leña en una esquina en el que se debía de estar horneando pan pues había en el ambiente un olor delicioso. Me pidió que me sentase frente a una gran mesa de castaño y mientras me explicaba que era el último habitante de ese pueblo, sacó de una nevera prehistórica una botella. Me miró, aparentemente complacido por tener visita  y colocó sobre la mesa dos vasos. Yo volví a dudar y mi gesto debía de ser tan evidente que de nuevo soltó una carcajada mientras me explicaba que era una cerveza artesana que él mismo elaboraba con limón y jengibre.
Tras probar la curiosa cerveza tuve que reconocer que estaba buenísima y agradecerle de corazón su detalle. No tardamos en entablar una animada conversación. Lucas era un tipo curioso, de unos sesenta años, con esas arrugas en el rostro típicas de las personas de gesto sonriente, en sus ojos y en la comisura de la boca. Me dijo que anexo a la casa tenía un lagar pero aunque no había abandonado la práctica de hacer sidra, le dedicaba bastante tiempo a la cerveza. Me habló sobre cómo se había hecho con la receta y los años de experimentación que le llevó conseguir lo que buscaba. Y dijo una cosa que me impresionó bastante cuando le comenté que había dedicado muchísimo tiempo a la cerveza, me soltó «pues sí, tiempo es lo que tengo, la vida es precisamente eso tiempo para gastarlo en lo que desees hacer». Descubrí que Lucas además de buen artesano era también filósofo y durante un buen rato estuvimos hablando de los clásicos: Tales de Mileto, Pitágoras,  Sócrates… la conversación se puso muy interesante y no me quedó ninguna duda de que la lectura era otra de sus formas de gastar el tiempo.

Después de tomar la cerveza salimos al exterior y me enseñó el lagar, la huerta, las gallinas… Tenía también ovejas y las acaricié muy contenta, son unos animales que me encantan. En un momento dado, cuando le comenté que había acabado en su puerta por no ver la fuente que tenía que haber encontrado, me dijo que estaba un poco más adelante del tronco en el que me senté y hasta me habló de su historia. También me habló de cómo era el pueblo cuando vino a vivir a él, de las familias que lo habitaban y del buen ambiente que se respiraba. Se notaba que añoraba mucho esa época, aunque por alguna razón no se había querido ir como los demás.

Estuvimos mucho tiempo paseando por los alrededores de la casa y de pronto decidí mirar el reloj, como suponía ya era mediodía y si quería continuar la ruta no podía entretenerme más. Lucas pareció leerme el pensamiento y me sugirió que si podía dejar el recorrido para otro día, me invitaba a comer. Lo cierto es que estaba a gusto y me daba algo de pena irme, por lo que acepté encantada.
Ni corto ni perezoso, en un momento tenía lista una comida de primera. Hizo un revuelto con verduras de su huerta que me encantó y saco del horno unas pizzas pequeñas de queso especiado que estaban de rechupete, por eso olía tan bien la cocina cuando entré. Además, amante del buen café, molió los granos en un destartalado molinillo e hizo un café de pota digno de un gourmet, no se le podía pedir más a la imprevisible comida.
Estábamos con el café cuando entró en escena Candi, creo que se escribe así, un pastor alemán que a pesar de su aspecto fiero en un primer momento, resulto ser un animal muy cariñoso. Pensé que su labor era la de cuidar a las ovejas y me extraño no haberlo visto antes, cuando se lo dije a Lucas me explico que las ovejas estaban seguras y que Candi era más un amigo que un ayudante, que le dejaba vagar por las cercanías del pueblo y que siempre volvía a casa.
  
La tarde iba pasando pero antes de irme aún me quedaba otra sorpresa. Necesitaba ir al baño y al pasar por delante de una habitación me fijé que en el centro había un torno de alfarería y a un lado una pared con una gran estantería llena de piezas de barro cocido y esmaltado. Me quedé frente a la entrada eclipsada ante tal despliegue de recipientes en diversos tamaños y usos. No sé si Lucas se imaginó que me había parado a contemplar su obra, o si simplemente quiso comprobar que había encontrado el baño, el caso es que de repente apareció por detrás, dándome un buen susto por cierto. Me invito a entrar en la sala y tras observar su trabajo me enamoré de un cenicero esmaltado en blando y con una mariposa en tonos morados y rosas en el centro. Casi sin poder evitarlo cogí la pieza para apreciar su textura y al momento Lucas me dijo que me lo llevase, que sería un buen recuerdo de una tarde en un pueblo semiabandonado.
Me emocioné, pues ese despliegue de generosidad no es algo a lo esté acostumbrada y juraría que él lo encontró divertido pues entre risas me contó un chiste, que no era muy bueno pero me reí, más porque estaba contenta que por el chiste.

Y llegó el momento de irme, mi idea inicial de caminar se había tornado en una experiencia totalmente diferente gracias a Lucas. Me sentía feliz y agradecida de haberle conocido y de haber pasado esas horas en tan buena compañía, me despedí con un sentido abrazo y le dije que volvería a visitarle en otra ocasión.
Lo cierto es que aún no lo hecho. Eso sí, he practicado para hacer un tipo de empanada que me dijo que le gustaba mucho y que le voy a llevar a ver que le parece. Se trata de la empanada de xoubas, que me comentó que cuando era pequeño la hacía una vecina que era gallega y que le encanta. Más o menos ya me sale bien y creo que se merece que le haga una bien grande.